Cristo no perdió las sandalias, se las robó el pintor Antonio López. Debió de tardar un tiempo. Es paciente y no le gusta ir rápido. Los detalles le importan, y mucho. De hecho, seguro que si por las prisas se le hubiese deshilachado un solo hilo de una zapatilla, su obra habría carecido del sentido que hoy se le atribuye y no sería el actual carismático líder religioso que demostró ser este jueves en San Lorenzo de El Escorial. Tardó 20 años en pintar a la Familia Real y ahora, con 82 años (Ciudad Real, 1936), todavía sigue empezando nuevos proyectos; porque, para este hijo de labrador, lo importante no es el final, sino el camino que decía Machado.

Con una mirada educada y profunda, de esas que son capaces de ver en el alma de las personas, Antonio López refleja en cada obra la exactitud más certera de la escena que retrata. Dice que trabaja guiado por las sombras de lo que va dibujar, aunque también afirma que los sentimientos, de vez en cuando, le juegan una mala pasada y le impiden terminar -al menos, en un tiempo prudente- el proyecto que lleva entre manos. Como si de un joven noviazgo se tratase, donde todo son bondades y la imperfección del otro es una utopía momentánea, el reconocido pintor perfila sus lienzos disfrutando de cada pincelada, como si fuesen las últimas.

Antonio López es un enamorado sin remedio. Quizá por eso despierta tanta admiración entre sus feligreses, que, tan devotamente, acuden a escuchar a su mesías decir que “una obra nunca se acaba, sino que se llega al límite de las propias posibilidades” y que “toda lucha que se prolonga en el tiempo es emocionante”. De hecho, aunque este jueves no se le vio multiplicar panes y peces para dar de cenar al gran aforo que se agrupó en la Casa de la Cultura del municipio estrella de Felipe II, sí que se pudo apreciar cómo el trabajo de toda una vida describiendo la realidad había despertado varias vocaciones artísticas.

“De mayor quiero ser como usted”, debía de pensar más de uno de los que, bajo el hechizo del coaching artístico, han visto en sus lienzos una forma distinta con la que sentirse vivos. Tal es la devoción, de hecho, que uno de estos aspirantes le llevó de ofrenda al hombre de las sandalias un retrato que había hecho a base de pinceladas. Y es que resulta evidente que el arte de Antonio López no solo habla -como apunta él mismo como algo “fundamental”-, sino que también genera la duda y el conflicto en el que lo ve. Lo suficiente, al menos, como para que haya quien deje las redes y le siga en aquella utópica andadura sin que este se lo pida.

Este será el legado del papado de Antonio López. Mientras la sociedad occidental avanza a un ritmo que entusiasma a unos y espanta a otros, el español prefiere marcar sus propios tiempos e invertir en la precisión. No todos le entienden. Tampoco es sencillo hacerlo. Será cosa de la edad o de la sabiduría que ha acumulado a lo largo de 82 años. Tardó 20 años en pintar a la Familia Real y lo hizo porque ese tiempo de más -que, sin duda, más de uno podría reclamar- es él. El hombre de las sandalias sabe quién es y no tiene miedo en decirlo. Tal vez sea por esto por lo que, según cuenta, siempre se acaba metiendo en problemas.

Foto: El Español.