No todo capullo guarda mariposa. Hay gente que, por desinteresada, estúpida o inculta, no llega a fin de mes sin ser, aunque parezca mentira, un poco más borrica. Ruego disculpen esta entrada, pero es necesaria. Tómense una cerveza, invita la casa. La historia que aquí les cuento, sin duda, y por desgracia, no es nueva. De hecho, para bien o para mal, seguramente ustedes también han sido testigos de esta cuestión, y, en algunos casos, habrán sido ese cabrón del que aquí les vengo a contar.

Este lunes, a eso de las 20:30 horas, en una parada de autobús cercana a una de las comisarías de Pozuelo de Alarcón (Madrid), aquella que queda entre el ayuntamiento y el santuario de Schoenstatt, un joven (no tendría más de 30 años) pidió subir. Estaba en silla de ruedas. No en una de estas con las que los insensatos y, en algunos casos, los inapropiados transeúntes usamos para hacer caballitos, sino en una eléctrica, de esas que tienen un joystick como volante.

El conductor -llamémosle Juan-, con buena gana y ánimo, paró y atendió a este joven. Pulsó el botón, pero la plataforma no salió. Volvió a pulsar, e igual. Y siguió intentándolo… A todo esto, en el espacio reservado para las personas en silla de ruedas, había dos personas: un hombre y una mujer. No eran pareja, sino independientes, solo que estaban ahí plantados, como si el autobús estuviera a rebosar de personas, cuando, en realidad, apenas sumábamos cinco.

Al caminar por el pasillo hacia la escalera, Juan avisó: “por favor, dejen ese espacio a este hombre”. Pero la pareja, con arte taurino, esquivó la indicación. No hubo ovación. De hecho, creo que fui el único que se percató de la situación, porque, en ese viaje, tenía el móvil en el bolsillo, mientras que el resto, como viene siendo habitual en el transporte público, estaba como Juan, ejercitando el dedo, aunque este lo hacía para ayudar a otro y no para hacer una fila en el Candy Crush.

Mientras se dejaba el pulgar en el mando y el pie en el cajón que guarda la plataforma, de aquella manera que el hombre tiene costumbre cuando un cachivache electrónico no funciona correctamente, Juan volvió a avisar:  “por favor, les he dicho que este hombre tiene que ir ahí. Apártense”. Pero ni caso. Parecían suecos, a pesar de que la mujer era iberoamericana y el hombre español. Y no hacían caso porque tenían prisa, al menos ella.

Estaba esperando otro autobús, el circular de Pozuelo, que iba a pasar instantes después. Se ve que no quería ir a Moncloa, y el 657 solo le hacía medio camino. El contratiempo de Juan, y del hombre en silla de ruedas, no se olviden que estaba a las 20:30 horas a la fresca, por decirlo con dulzura y delicadeza, eran un estorbo para esta mujer. Un problema que solo iba a hacer perder un autobús y retrasar la llegada al destino 10-15 minutos, no más. He aquí la urgencia.

Finalmente, la mujer perdió el autobús, porque adelantó y siguió adelante. Entonces, y tras una tercera insistencia de Juan al conseguir sacar la plataforma y subir al hombre, se apartó de mala gana. Tardó cinco minutos en hacer, a su modo, caso. Cinco minutos de egoísmo y gilipollez, en la que una confundió lo urgente con lo importante, mientras que el otro, aquel con el que siempre nos cebamos con más o menos razón, dio una lección de lo que verdaderamente importa: el otro.

En casos como este, me suscitan dos preguntas: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo?, y ¿qué se puede hacer para cambiar esta realidad? No sé si alguno de ustedes posee la receta, si es que existe. El egoísmo capullista que impregna la sociedad está destruyendo al ser humano. El hombre es comunidad. Olvidarlo es insensato. No todo capullo guarda mariposa, aunque, en determinadas ocasiones, pararse a pensar, sí que puede hacer brotar una.