España ya tiene Gobierno. Al menos, de momento. Este es el titular con el que miles de jóvenes comenzarán la semana. No quieren saber más, ¿para qué? El discurso catastrófico, que pronostica una sociedad eminentemente técnica, sin interés por la política ni la antropología, ya no hace efecto, y con razón. La Cámara Baja se ha convertido, si más cupiese, en una plaza de pueblo, con peleas sin sentido sobre el pasado, y sin ánimo de futuro.

Nadie ha dudado de que el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, saldría elegido presidente del Gobierno este sábado. Ni siquiera el mismo Pedro Sánchez, quien se vio obligado a dimitir horas antes de la investidura para no traicionar a la militancia del PSOE y no actuar en contra de su propio partido (No se descarta que intenté recuperar el control en unas primarias). De hecho, muchos de los discursos que se pronunciaron en el Congreso no fueron para el candidato popular.

El acto de este sábado no fue para elegir presidente, sino para arrebatar el puesto de oposición al PSOE. La gota que colmó el vaso fue un Rufián, de nombre Gabriel. El portavoz adjunto de ERC comenzó su discurso con un objetivo: salir en todos los medios de comunicación. Las cámaras enfocaban el Congreso, nadie se preocupaba -entiéndanme la expresión- por las personas que se estaban manifestando en Sol en contra de una investidura de Rajoy, y había que hacerse sonar. Con él, otros cuantos se sumaron al carro de las sandeces envueltas en faltas de respeto. Lo llaman libertad de expresión

A propósito de la manifestación, llama la atención ver cómo cargaron contra aquellos que han buscado desbloquear la situación del país. Sin justificar la violencia, se habría entendido que fuese contra aquellos que solo han obstaculizado, ¿no? Pero cuando se habla de democracia y libertad de expresión, parece que cualquier vía vale y todo objetivo es bueno. En una entrevista, la portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid, Begoña Villacís, ha sentenciado, de manera acertada, que “alimentar esto es una gravísima irresponsabilidad”.

Si esto es la política, normal que los jóvenes la detesten. Si esto es la democracia, el futuro de España se encuentra ya escrito en los libros. Por suerte, todavía hay quienes alzan la voz en pro de la verdad. De hecho, la diputada por Coalición Canaria, Ana Orama, se convirtió este sábado en la única persona crítica de la Cámara Baja. Sin papeles ni ganas de protagonismo, Orama puso a los Rufián(es) en su sitio y sentenció que “no se puede ser tan joven y tener tanto rencor”, porque es estúpido luchar por algo que está muerto.

No obstante, hasta que el Gran Hermano del Congreso no llegue a su fin, los jóvenes seguirán huyendo de la política. Hasta que los actores no abandonen la Cámara Baja para dejar paso a los diputados, el país seguirá sin rumbo ni bandera. Dicen que el problema es de la juventud, sociedad del mañana. Me atrevería a sentenciar que el fallo reside en el sistema educativo. El infantilismo político, tanto de unos como de otros, no se puede explicar de otra forma. Es más fácil gobernar a ineptos.