Maximiliano tiene 10 años y de mayor quiere ser piloto. Sin embargo, es probable que nunca cumpla su sueño. Tiene miedo a las alturas, pero le gusta la idea de volar, aunque nunca lo haya hecho. Vive en la Villa 15 de Buenos Aires (Argentina), aquella conocida como Ciudad Oculta. La misma que el Gobierno tapió para esconder la miseria local a los ojos de las Olimpiadas de 1956. Reside en una obra a la que un europeo no podría llamar hogar. Cerca del fantasma de un viejo hospital que nunca llegó a construirse, y que, desde 1941, solo se ha usado como refugio para muchas personas. Nadie sabe una cifra exacta, no hay censos. Tampoco interesan. Al menos, de momento.

A las puertas de un matadero, entre calles embarradas, casas de desnuda fachada y pequeñas chabolas, donde las fuerzas de seguridad no suelen pasear por miedo a provocar un conflicto, vive Maximiliano. Cada día, después de la escuela, acude a almorzar al comedor social de la Fundación Cielo Solidaridad, dentro de la propia villa. Un lugar que crece ajeno a los problemas de la zona. Seguramente, porque las personas que ahí trabajan son de las pocas que se han preocupado por dar de comer a los niños de ese barrio. En concreto, a 150 menores. Y no solo los alimentan, sino que también les facilitan una formación humana a través de talleres de juegoteca, para que estos saquen lo mejor de sí mismos.

Para unos cuantos, esto se da a través de la pelota. Desde periodistas deportivos que indagan en qué equipo es mejor -Boca Juniors o River Plate, no hay más opciones-, hasta pequeños que sueñan con ser Lionel Messi y, en puntuales casos, Cristiano Ronaldo. El fútbol ocupa una posición muy relevante en la cultura argentina. Para que se haga una idea, el barrio que rodea La Bombonera -el estadio del Boca Juniors- está inspirado en sus colores: azúl y amarillo. Por no hablar del histórico Diego Armando Maradona, quien, a pesar de sus intrusiones en la política, sigue siendo un referente entre los adultos, mientras que los más jóvenes se decantan por el fútbol moderno y el Messi del Barça.

Durante este tiempo, los problemas desaparecen. Solo hay lugar para la risa y la diversión. La inestabilidad familiar, los miedos de futuro y el Paco -una droga muy común, de fácil acceso y altamente peligrosa hecha con los residuos de la cocaína- se quedan fuera. En la juegoteca, los niños viven su niñez y crecen como personas. Este acompañamiento nace de una vocación de servicio, de un deseo de dar amor. El mismo que años atrás ofreció Jorge Bergoglio -el Papa Francisco- en las villas de Buenos Aires y que, tan cariñosamente, recuerda Cielo, la fundadora de Cielo Solidaridad. De hecho, en cierta ocasión, mientras ambos estábamos en la cocina sirviendo comidas, me preguntó:

– “Vos, ¿conocés al Papa?”

– “No, ¿acaso tú sí?”

– “¡Claro que conozco al Papa! Él hizo mucho bien acá. Es muy lindo”.

El papel de la Iglesia en estos barrios ha sido muy relevante. Hoy, es más seguro adentrarse en una villa con un sacerdote antes que con un policía o un miembro del Gobierno. De hecho, aunque el presidente de la Nación Argentina, Mauricio Macri, ha comenzado a desarrollar unas políticas sociales para acondicionar e integrar en la ciudad la Villa 31 -la más grande, céntrica y valiosa de Buenos Aires-, la sensación en Ciudad Oculta es de rechazo. Nunca se han sentido acompañados por el Estado y tampoco esperan que este empiece ahora a preocuparse por ellos. Al menos, a corto-medio plazo.

Por eso, en Cielo Solidaridad se preocupan porque los niños terminen el colegio y se formen en la universidad -que es de acceso gratuito-, porque los sueldos en Ciudad Oculta no permiten una vida fuera de ella ni una mejora de calidad dentro de la misma. Pero no todas las villas comparten los mismos estándares. Cada cual tiene sus normas. En la 15, mucha gente cobra en especie, y los que reciben un salario -si se puede llamar así-, no supera los 4.000 pesos mensuales (221 euros). En cambio, en la 31, barrio rico en mano de obra, este se sitúa en los 500 pesos diarios (27,61 euros). “Es poco, pero nos da para vivir”, dice Yanni, quien, al tiempo que es voluntaria y jefa de cocina en el comedor social, trabaja en labores de limpieza de otro sitio cercano.

Su hijo mayor está en la universidad y es un ejemplo para los chicos que acuden a Cielo Solidaridad. “Quiere ser ingeniero”, dice con orgullo Yanni. No es lo común. Las drogas y el narcotráfico consumen muchas familias y acaban con prometedores futuros. Pero, como toda moneda, existe otra cara. Una realidad con personas que quieren construir una Argentina más justa y fraternal, donde no suponga un problema social y laboral vivir en una villa. Esta es la mayor lucha que, actualmente, existe: conseguir una integración real. Este es el reto al que ha de hacer frente el Gobierno de Macri.

El que fue ministro de Educación, Ciencia y Tecnología de Argentina durante la primera Presidencia de Néstor Kirchner, Daniel Filmus, afirmó en 2004, con motivo de las 14º Jornadas Internacionales de Educación, que “sin educación, no hay igualdad”. Actualmente, 13 años después, la profesión de maestro sigue estando entre las peor valoradas y las ayudas públicas a la escuelas no favorecen la convergencia. En Ciudad Oculta, estas no alcanzan los 5.432 pesos anuales (300 euros) y algunos de los niños -menores de seis años- que acuden a jardines de infancia lo hacen “para beber agua”, cuenta uno de ellos, a quien, como a Maximiliano, le espera un futuro incierto.

Publicado primero en Democresía